La leyenda del colibrí

(antigua leyenda africana)

Sus alas baten de 12 a 80 (o más) veces por segundo y dibujan un ocho, que es también el signo del infinito.

Es la única ave capaz de volar hacia atrás, hacia arriba, hacia abajo, boca abajo y de quedarse inmóvil en el aire.

En reposo su corazón supera los 500 latidos por minuto y puede llegar a más de 1.200 durante el esfuerzo.

Un día estalló un gran incendio en el bosque. Ante el avance de las llamas, todos los animales huyeron aterrorizados mientras el fuego destruía todo sin piedad.

Leones, cebras, elefantes, rinocerontes, gacelas y muchos otros animales buscaron refugio en las aguas del gran río, pero el incendio estaba ya a punto de llegar también allí.

Mientras todos discutían acaloradamente sobre qué hacer, un colibrí pequeñísimo se zambulló en las aguas del río y, tras tomar en el pico una gota de agua, sin importarle el intenso calor, la dejó caer sobre el bosque invadido por el humo. El fuego ni siquiera se dio cuenta y siguió su carrera empujado por el viento.

El colibrí, sin embargo, no se desanimó y siguió zambulléndose para recoger cada vez una pequeña gota de agua que dejaba caer sobre las llamas.

La cosa no pasó inadvertida y en cierto momento el león lo llamó y le preguntó: «¿Qué estás haciendo?». El pajarillo le respondió: «¡Intento apagar el incendio!».

El león se echó a reír: «¿Tú, tan pequeño, pretendes detener las llamas?» y junto con todos los demás animales empezó a burlarse de él. Pero el pajarillo, sin hacer caso de las risas ni de las críticas, se lanzó de nuevo al río para recoger otra gota de agua.

Al verlo, un elefantito que hasta ese momento había permanecido al resguardo entre las patas de su madre metió la trompa en el río y, tras aspirar toda el agua que pudo, la roció sobre un arbusto que el fuego estaba a punto de devorar.

También un joven pelícano, dejando a sus padres en medio del río, llenó de agua su gran pico y, alzando el vuelo, la dejó caer como una cascada sobre un árbol amenazado por las llamas.

Contagiadas por aquellos ejemplos, todas las crías de los animales se esforzaron juntas para apagar el incendio, que ya había alcanzado las orillas del río.

Olvidando viejos rencores y divisiones milenarias, la cría del león y la del antílope, la del mono y la del leopardo, la del águila de cuello blanco y la de la liebre lucharon codo con codo para detener el avance del fuego.

Al verlo, los adultos dejaron de burlarse y, llenos de vergüenza, empezaron a ayudar a sus hijos. Con la llegada de fuerzas frescas, bien organizadas por el rey león, cuando las sombras de la tarde cayeron sobre la sabana el incendio podía darse por dominado.

Sucios y cansados, pero a salvo, todos los animales se reunieron para celebrar juntos la victoria sobre el fuego.

El león llamó al pequeño colibrí y le dijo: «Hoy hemos aprendido que lo más importante no es ser grandes y fuertes, sino estar llenos de valor y generosidad. Hoy nos has enseñado que incluso una gota de agua puede ser importante y que juntos se puede apagar un gran incendio. De ahora en adelante serás el símbolo de nuestro compromiso de construir un mundo mejor, donde haya sitio para todos, la violencia esté desterrada, la palabra guerra borrada y la muerte por hambre solo un mal recuerdo».

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